TRÓPICO ABSOLUTO

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TRÓPICO ABSOLUTO

Palmares azules y blancos,
nítido sol marino a orilla de la costa,
viento yodado, cuerpos desnudos, oleajes.
Estoy contemplando esta tierra como si la viese
por primera vez
o fuese a dejarla.
Me aferro a ella, celebro su antiguo deseo
en cada roca, en cada pequeño guijarro.
Es el mismo paisaje modulando las voces
tantas veces oídas en ciudades y aldeas,
el mismo sol que ardía
en las absortas retinas de mis padres.
Ya no sé si la veo desde otro mundo
y vago ausente ahora
a través de los aires soñando.
Esta luz me compendia la vida y la muerte
en un haz de flotantes colores
que mi silencio me dibuja en palabras.
En esta luz la falsa perla del truhán,
la negra de turbante que se santigua,
los harapos del niño buhonero,
el alcatraz, la cigarra, el bochorno de las marismas,
se me despliegan en un vasto arco iris
donde la magia del trópico absoluto
crece en un grito al fondo de mi sangre.

MANOA

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.
Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
—siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni brabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.
A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.

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Idilio en el mar de Joaquín Sorolla

EL TIGRE

Ya señorial, con su furor de tigre,
desconsolado ruge el sol de los trópicos,
esbelto, impávido, solemne,
enjaulado allá arriba, yendo y viniendo con la vista fija
tras los barrotes de sus rayos.

Va marcando sus huellas en toda nuestra tierra,
sobre la orilla de los ríos,
la retráctil retina de los hombres,
en las palabras y los verdes silencios.

De casa en casa retumban sus rugidos,
parten las tejas, tensan los nudos
en la madera de los portones
hasta apagarse en los espejos solitarios.

Hablamos, pero es él quien elige nuestras voces,
nunca da tregua,
clava su zarpa entre la carne,
tratamos de espantarlo en sueño y en vigilia
y cuando muere alguno de nosotros
colocamos un cuchillo en su tumba
ahumados lentes sobre los ojos
y el látigo de los domadores temerarios.

EN LOS LLANOS

a Luis Alberto Crespo

En los llanos estuve,
tierra adentro, hacia el alba de soles salvajes,
donde la única montaña es uno mismo
o su caballo.

Donde la vida nos madruga
y hay que salir a galopar hasta alcanzarla,
aunque su rostro se pierda en lejanías
y crucemos a veces sin verla,
o quede atrás,
fija en un vuelo de lentos gavilanes.

En las vastas planicies estuve,
sin paredes, sin calles,
dejando que mi cuerpo se borrara en sus ríos
hasta no sentir manos, palabras, pertenencias,
sino espacio.

Nada traigo conmigo
(quien va a los llanos sabe que no puede traerse
nada que sobreviva en las ciudades)
salvo sensaciones,
asombres,
poesía
y la mirada recta de los hombres,
la mirada natal de aquellos horizontes
cortados a navaja.

NO ES DE NOSOTROS EL AMOR

No es de nosotros el amor, es de los cuerpos
que se desnudan en su música táctil
y aquí nos dejan abandonados.
Al reunirse en el relámpago de Dios,
ya no aceptan acompañantes.
Somos como los trajes que se quitan,
como las sombras caídas de su lámpara.
Después se alejan nimbados del deseo
que hace girar la tierra,
mientras con sorda envidia contemplamos
ojos y labios que se mezclan,
voces y besos que caen entre susurros.
Nada queda de ti, de mí, cuando se juntan; somos los ríos donde rodaron como lejos,
los secos cauces que se borran, las agujas
de algún reloj atormentado dando vueltas
frente a su instante eterno.

UNA PALMA

a Ramón Palomares

Lo que yo miro
en una palma
no es hoja ni viento,
ni la cariátide salvaje
donde sube el color
a otear los horizontes.
No es el rencor amargo
de las rocas
ni las guitarras verdes
del mar inconsolable.
Algo de mis huesos, no sé,
de la sangre que gota a gota
y hombre a hombre
viene rodando desde siglos
a poblarme.
Algo también de mis amados muertos,
de sus voces,
que gira en su columna
y me añade a los aires.
Lo que yo toco en ella
con mis ojos
y miro con mis manos
es la raíz que nos aferra
a esta tierra profunda
desde un sueño tan fuerte
que ningún vendaval
puede arrancarnos.

Armando Reverón
Una palma. Armando Reverón.